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Historia Guillermo y Julián

Despuntaba la mañana, una, igual que las anteriores. Guillermo y Julián comenzaban a vestirse como en un ceremonioso ritual, con trajes blancos que les cubrían todo el cuerpo  y unas mallas que los hacían parecer fuera de este planeta: eran apicultores.

Guillermo era un hombre fuerte, aunque conservaba una esencia risueña, lo que hacía fácil acercarse a él. Había heredado de su padre la tradición de la apicultura, y por eso, más que nada, amaba el oficio. Estaba por llegar a los cincuenta años, pero la empresa de sus ideas era joven aún; quizá por ello le gustaba trabajar con Julián, quien apenas había pasado la mitad de los treintas pero era un hombre emprendedor y dedicado.

Esa mañana comenzaron las labores, marcadas por la rigurosa puntualidad de las abejas.

La producción era vasta pero muy poco aprovechada, vecinos y amistades eran los principales consumidores de este néctar, las ganancias eran aceptables pero Julián creía que su esfuerzo podía rendir mejores frutos: había escuchado comentarios en el pueblo acerca de una pequeña familia que decidió ampliar su producción para llevar sus conservas fuera del  mercado local y su aventurado pensamiento les dejó grandes remuneraciones. Julián no sólo se interesaba en obtener mayores ganancias, creía que la calidad de la miel que él y Guillermo producían era digna de compartirse con un mayor número de personas. Esa mañana, Julián llevó la idea a Guillermo, aunque él temía que por la edad de su compañero, éste se negara a hacer un cambio a su trabajo, a su producción, a su vida entera. La sorpresa fue para Julián, ya que Guillermo aceptó gustoso la idea de ampliar sus horizontes y crecer tanto como fuera posible: ambos comenzaron a planear y a idear la manera en que su producto cruzaría las fronteras conocidas.